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La Casa del Almirante

La mística y dura tarea del rescate patrimonial

Por Verónica Ramírez Errázuriz/ Fotografía: Carolina Andrade

Cuando María José Ballester (santiaguina) y José Manuel Pérez (español) se casaron y comenzaron a buscar un lugar donde vivir, decidieron emigrar a la V Región, porque las condiciones cotidianas eran más amigables para formar una familia. Después de visitar un sin fin de propiedades, se dieron cuenta que entre comprarse un departamento moderno de pocos metros cuadrados y una casa antigua de muchísimo metraje, no habían grandes diferencias monetarias. Sin pensarlo dos veces, optaron por la segunda posibilidad. Después de varios años, comprenderían que la decisión que tomaron fue la más difícil. Pero ninguno de los dos se arrepiente.

Cuando el matrimonio Pérez-Ballester consultó por casas antiguas a la venta, los conducían en primera instancia a los cerros turísticos porteños. Era lo lógico. Pero al caminar por las calles de Valparaíso pensaron que el ajetreo del Cerro Alegre los fines de semana y la suciedad no era lo que querían ofrecer a sus futuros hijos. La búsqueda se enfocó en Viña del Mar.

“Al principio las personas nos miraban raro: ¿Restaurar una casa antigua en Viña del Mar? Pero ¿por qué? Nadie hace eso”, comenta María José. Aún así persistieron con su idea en mente. Centraron la búsqueda en el plan de la ciudad. Sin embargo, al poco andar previeron que en un par de años quedarían atrapados en medio de edificios. “Vimos casas preciosas en los Nortes e inmediaciones de calle Libertad, pero nadie nos podía afirmar que no íbamos a terminar sintiéndonos aplastados por torres en los cuatro frentes. Realmente es una pena que no exista ningún tipo de protección en ese sentido”, explican.

Fue así como llegaron a Recreo. El primer sector que se habitó en Viña del Mar, que en sus inicios cobijó las casas de veraneo de las familias adineradas de Valparaíso. Por algún milagro, pensó este matrimonio, este lugar ofrecía todo lo que ellos buscaban: tranquilidad, buena conectividad, excelente clima, vista al mar (estar tan cerca del mar y no verlo les resultaba absurdo) y vida de barrio.

“Al caminar por las calles de Recreo me sentí haciéndolo por barrio Italia. Los almacenes pequeños atendidos por sus dueños, los cafecitos que abren solo a las horas más concurridas, los vecinos saludándose todos los días, y que lo normal fuese la existencia de casas y no de edificios, nos convenció”, agrega la propietaria. A lo anterior se suma que aún quedan varias viviendas añosas para elegir, “que claman porque alguien loco como nosotros se las juegue por ellas”.

JUGÁRSELA

Una cosa es que el precio de un departamento sea el mismo que el de una casa vieja. Pero algo muy distinto es cuando llegas a instalarte. El departamento te ofrecerá todas las comodidades modernas, mientras que la casa arrastra cientos de pifias y reparos. Si bien los actuales propietarios recibieron el inmueble en condiciones aceptables, tuvieron que invertir muchísimo, no solo en aspectos de restauración “estéticos”, sino especialmente, en factores de seguridad. El sistema eléctrico y las cañerías exigían una reparación y modernización urgente. Eso significó romper el piso y los muros de la vivienda. “Fue una tarea ingrata, incómoda, costosa, desgastante, pero nos dejó un regalo: aparecieron los muros originales y las maderas nobles bajo varias capas de pintura. Optamos por dejarlos a la vista”, aseguran.

“Mientras transcurrían los meses de reparación, comprendimos la razón por la cual nadie se la juega con un proyecto así. Tuvimos que pedir un nuevo crédito para solventar los gastos de la restauración, y concluimos que la única manera de poder seguir adelante con nuestra idea, era sacarle algún provecho económico. Nos decidimos por un hotel boutique, lo que implicó hacerle nuevas adaptaciones a la casa, especialmente en materia de baños, intentando ser cuidadosos con el plano original”.

El matrimonio se trasladó a un departamentito, a un costado de la casa en el mismo terreno, y se convirtieron en administradores de un hotel. “Al principio la gente opinaba: ¿Cómo van a ofrecer alojamiento si no tienen piscina, ni estacionamiento privado, están en un pasaje de un sector que no suele ser apuntado como el más turístico, etc.? No escuchamos a nadie y seguimos adelante con nuestra convicción. La razón estaba de nuestro lado, porque el hotel ha ido afirmándose poco a poco. Hoy tiene una clientela constante y otra rotativa que valora dormir en un lugar tranquilo, atendido por sus dueños y que guarda tantas historias”.

Dentro del plan de recuperación de la casa los dueños re-acondicionaron el altillo. Antes había sido un lugar para tender ropa y almacenar “cachueros”, pero ellos vieron el potencial de la parte más alta de la construcción, sobre todo, por la hermosa vista que ofrecía. “Ahí tuvimos que realizar otro importante gasto, pero quedamos felices de haber dado vida a un sitio mal aprovechado. La pésima noticia vino años después, cuando recibimos un cobro retroactivo del Servicio de Impuestos Internos por contribuciones más altas, porque habíamos dado mayor valor a nuestra casa”, explican. Este tipo de situaciones es lo que a veces frustra y agota las ganas de este matrimonio para seguir manteniendo y protegiendo una construcción así.

“No puede ser que no exista ningún tipo de premio, retribución, ni apoyo por aventurarse a restaurar una construcción antigua. En Valparaíso existen diversos fondos y la ayuda es evidente. En Viña del Mar, en cambio, el mensaje es: -Lo felicito por su iniciativa, pero desarróllela solo, y además, se la haré difícil-. Hoy en día si a alguien se le ocurre declarar tu vivienda como patrimonio histórico, por ejemplo, en vez de un reconocimiento, te estaría dando un tremendo castigo, puesto que eso no te permitiría enajenar la vivienda, alterarla, y lo más grave, nadie te apoyaría económicamente para mantenerla. Por lo mismo, la vía más fácil, y a veces la única que te queda si eres dueño de una casa con muchos años encima, es venderla a una inmobiliaria para que construya un edificio”.

UN POCO DE HISTORIA

La construcción de esta vivienda se inició el año 1918, por lo que está próxima a cumplir un siglo. La obra concluyó en 1921 y estuvo a cargo del arquitecto Luis Enrique Muñoz Maluschka, que posteriormente se convertiría en el padre del urbanismo en Chile. La hizo para una familia de ascendencia alemana que veraneaba todos los años en el sector, de allí que su estilo externo evoque un aire a las cabañas de la Selva Negra.

Después de algunos años, la adquirió el Vicealmirante de la Armada chilena, Víctor Oelckers, cuya familia la heredó y la disfrutó durante la mayor parte del siglo XX.

Los terceros propietarios son el matrimonio Pérez-Ballester, quienes aseguran que recibieron la casa en buenas condiciones, aludiendo a que quienes la habitaron anteriormente fueron verdaderos “cuidadores” del inmueble. Con su nueva vida, este ha tomado forma de hotel boutique, recordando con su nombre la interesante historia que la define. “La llamamos La Casa del Almirante, en honor al propietario que más tiempo la ha gozado y cuidado”.

Para mantener el ambiente original de la vivienda, José Manuel y María José compraron gran parte de los muebles a la familia Oelckers, los que restauraron y conservaron en sus sitios de siempre.

“Bajo este techo siento cosas encontradas. Por una parte, aquí nacieron mis tres hijos, este es el escenario de nuestro proyecto familiar y de una etapa muy importante de nuestras vidas; lo que hace que sienta la casa muy mía. Pero por otra, creo que somos los terceros “cuidadores” de una construcción que no nos pertenece del todo, o al menos, no solo a nosotros, sino que a todos los viñamarinos y, por lo tanto, es mi labor constante velar por ella, por su estado y valoración”, explica María José.

Los propietarios actuales le regalaron 100 años más a la vivienda. La salvaron de no convertirse en material de demolición. Solo esperan encontrar algún día -cuando ellos no tengan la energía de continuar con este proyecto- a otros aventureros que estén dispuestos a otorgarle unos 100 años más a las paredes que han visto crecer a sus hijos.

“Nos ha pasado varias veces que personas que vivieron alguna vez en esta casa vuelven y tocan nuestra puerta. Vienen a mostrar orgullosos a sus hijos que el lugar donde ellos vivieron cuando niños, todavía sigue en pie. Hemos sido pocos los propietarios de estas paredes, pero no sabemos exactamente cuántos arrendatarios pasaron por aquí. Historias deben haber muchas. No solo tenemos bajo nuestros pies un patrimonio tangible, como esta puerta, esta madera, sino sobre todo, un patrimonio intangible: los relatos de experiencia que han vivido todas las personas que han dormido bajo este mismo techo. ¿Cómo no vamos a sentirnos agradecidos de ser sus ‘guardadores’?”.

 

 

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