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Columna

El fenómeno global de valoración patrimonial y el caso de Viña del Mar

Por Juan Mastrantonio, Arquitecto PUCV, Director de la Carrera de Arquitectura UNAB Viña del Mar.

Juan Mastrantonio, Arquitecto PUCV, Director de la Carrera de Arquitectura UNAB Viña del Mar

Llamamos patrimonio a aquellos ritos y construcciones propias de nuestro lugar, que nos diferencian de los demás. El mundo es una colmena de lugares tan diferentes cuanto más se alejan unos de otros. La primera lejanía es la de su latitud. El clima o inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto a su  plano de traslación define mayormente el clima y las diversas maneras de habitarlo. La altitud y presencia de cuerpos de agua, así como cualquier otra geoforma, imprime otras distintas formas de habitar. Estas se suceden de manera semejante a la biota, en la estructura de los diversos sistemas ecológicos que pueblan el planeta. Todo ello completa el paisaje, el que se constituye en la materia prima a interpretar por las diferentes culturas.

Nuestra actual actitud occidental, la de habitar globalmente el planeta, nos arrastra hacia una cultura unificada y genérica. Los mecanismos de comunicación han avanzado desde las huellas de peregrinos y carruajes, hasta los múltiples formatos digitales actuales. La aceleración del progreso de las comunicaciones se ha multiplicado ostensiblemente desde el momento en que Boole reduce la lógica a un álgebra que abre el desarrollo de la computación y las tecnologías electrónicas, las que, por esta vía, inauguran un campo de comunicación digital global cada vez más amplio e integrado. Junto a las comunicaciones, las tecnologías de producción de objetos, de edificaciones e infraestructuras, indiferentes a los lugares, sustituyeron a las artesanías locales.

Estos hechos han colisionado con la resistencia de las formas físicas y la inercia de las tradiciones locales.  Esta colisión se manifiesta en la aparición de una conciencia común que valora la identidad de los lugares. Aparece primero con la llegada de leyes proteccionistas que ponen en valor las formas físicas y las tradiciones locales, posteriormente, por el brote de movimientos ciudadanos que se oponen a la destrucción del paisaje local que las leyes no alcanzan a fiscalizar. Hoy se avanza hacia la valoración económica de la identidad de los lugares, en sus manifestaciones físicas y sociales.

Por otra parte, el turismo es un fenómeno social y económico derivado de este fenómeno de la globalización que precariza y disminuye la diferencia de los lugares, porque el turismo viaja en la búsqueda de las identidades locales sobrevivientes. Por ello, el fenómeno del turismo basta por sí sólo para reconocer que la identidad de los lugares es un bien humano en sí mismo, porque pone límites al afán global. Avanzamos ahora hacia la globalización de la protección de estos bienes en la forma de derechos humanos y naturales, los que deben ser respetados en toda legislación local. El fenómeno proteccionista de estos derechos es fruto de esa conciencia común que valora la identidad. Paralelamente nace el concepto de la sostenibilidad, consecuencia de la misma conciencia común, que pone otro atajo al afán de la globalización que tiende a consumir los bienes humanos y naturales.

Si bien las ciudades americanas fueron víctimas de otra forma de globalización, anterior a la comentada (la conquista europea), esta no aniquiló totalmente las culturas ancestrales, puesto que sus asentamientos, que se adaptaron al paisaje, fueron forjando otras identidades locales “occidentales” en medio de las identidades ancestrales. Considerando este fenómeno global recién expuesto, reflexionaremos sobre la situación local de la ciudad de Viña del Mar.

Viña del Mar se identifica por sus espacios naturales: las playas más cercanas a los habitantes de la capital y las zonas silvestres que la envuelven, la ingresan y la atraviesan, que reconocemos en sus parques (Sausalito, Vergara, Jardín Botánico, Sporting Club, Campo Naval Las Salinas). No obstante, se olvida y no se integran otros espacios, tales como los palmares y pozas de Chorrillos, El Salto, entre otros. Se ignora por completo la cuenca del Marga Marga, la gran proveedora de los servicios ambientales de las unidades nombradas precedentemente, y que además vincula la dimensión terrestre con la marítima. Esta presencia de la naturaleza dio paso a un espacio cultural coherente. Se edificó, hasta los años 70, con el modelo de Ciudad Jardín: espaciosas casonas en medio de grandes patios enjardinados, como los barrios Miraflores y Chorrillos, o Agua Santa, Recreo y Recreo Alto, a los que se les suma la vista al mar.  El plan de la ciudad mantuvo esa identidad edificatoria, la de manzanas rodeadas de calles y avenidas arboladas (en la calle 6 norte subsiste un conjunto de olmos, tal vez los más antiguos del país). Esta presencia marítima y terrestre se volvió una atracción digna de visitar. Ello dio lugar a sus grandes equipamientos y actividades propias del turismo que, a su vez, reforzaron su atractivo: el Palacio Presidencial, el Casino, El Teatro Municipal,  los grandes hoteles, el Festival de la Canción.

También, durante su época industrial, la ciudad edificó e integró asentamientos obreros, dotados o cercanos a los necesarios equipamientos urbanos. En el plan son vestigios de esto los pasajes entre 3 y 4 poniente, ubicados en 6 norte, así como 1 y 1/2 poniente, entre 9 y 10 norte. Y con total vigencia, la población Riesco, en el sector de calle Simón Bolívar con Limache; Eduardo Titus, bajo el tranque Forestal; Villa Dulce, en el camino Troncal; Villa Independencia, en Camino Internacional; población Benidorm en el Tranque Sausalito; Almirante Navarrete, al final de Gómez Carreño, y otras que configuran principalmente, Santa Inés, Forestal, Miraflores y Chorrillos.

Los barrios más resistentes han sido defendidos por sus propios vecinos ante la amenaza del recambio por el modelo global: la torre de gran altura; ante la cual, la Población Vergara no resistió. Las pocas casonas que quedan hoy en manos de particulares padecen de una gran vulnerabilidad. La Casa de Italia es un ejemplo vivo, protegida por el CMN ante petición de ciudadanos, continúa sin resolver su futuro.

Junto con lo anterior, nuestra ciudad, desde sus inicios hasta hoy, se ha identificado por producir los asentamientos irregulares más grandes del país. Absorta en sus playas e ignorante de sus áreas rurales agrestes, acoge a un porcentaje alto de población precaria. Hoy, aún en proceso de urbanización, se encuentran los asentamientos Manuel Bustos, Reñaca Alto, Parcela 11 y la reciente Felipe Camiroaga, entre otros.

Para hablar del patrimonio de Viña del Mar se requiere de un criterio amplio. Se necesita sabiduría para: 1. Elaborar las estrategias que mantengan vigentes sus casonas, palacios y castillos; 2. Incluir, poner en valor y darle el trato apropiado a sus espacios naturales ignorados (especialmente la cuenca de Marga Marga que la atraviesa); 3. Incorporar sus espacios humanos precarios.

En conclusión, integrar es el concepto clave. La integración de sus espacios patrimoniales, naturales y humanos es la actitud que hoy debemos tener para hacer de Viña del Mar una ciudad sostenible, nueva pero semejante a sí misma.

 

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