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Columna

Patrimonio e imaginario viñamarino

Por Macarena Roca, Profesora de la Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez.

Macarena Roca, Profesora de la Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez.

Edmundo Searle (1893 – 1982), más conocido como Mundo, publicó desde su juventud en el diario La Unión y la revista Sucesos, escenas de la belle époque viñamarina y de su sofisticada modernidad. Con un trazo impecable y una línea estetizada, registró numerosos personajes de la clase acomodada, como por ejemplo, a Samuel Oxley y Carlos Antúnez Cazotte. La presencia de gentlemans y sportmans en el Casino de Viña del Mar, dandis Y “señoritas de moda” en el Valparaíso Sporting Club, configuran el imaginario cultural que identificó por décadas a Viña del Mar como una ciudad de elegancia, fiesta y glamour.

Desde la revisión de las caricaturas de Mundo, pienso las crónicas de Catalina Porzio tituladas Viñamarinos: aburridos, excéntricos y decadentes (Laurel, 2015), donde se presenta un llamativo collage biográfico de conciudadanos extravagantes o glamorosos del siglo XX que marcan nuestra historia social, y por lo tanto, nuestro patrimonio cultural inmaterial.

Caricaturas de Mundo

Ante esta idea de una ciudad sofisticada y atrevida con historias de intelectuales y outsiders, me pregunto en qué ha devenido hoy la ciudad y qué es representativo de lo viñamarino contemporáneo.

Sabemos que el patrimonio cultural implica una mirada subjetiva y siempre relativa a los contextos de recepción, ya que no depende de los objetos mismos, sino del valor que la sociedad les entrega a lo largo de la historia. En otros términos, el patrimonio cultural es, por sobre todo, una condición dinámica y, por consiguiente, hoy puede ser considerado como tal algo que otrora no tenía valoración en la comunidad.

La gran pregunta que se oculta tras esta apreciación es si hoy, como chilenos y viñamarinos, estamos protegiendo – y proyectando – nuestros “objetos identitarios”, los cuales serán para las nuevas generaciones (de compatriotas y vecinos), su herencia urbana, social y cultural. Esto, que ya es una gran tarea ciudadana, no se resuelve en el catastro del patrimonio cultural tangible (edificaciones, obras públicas de ingeniería). Es en el patrimonio cultural inmaterial (PCI) en donde gran parte del acervo de una zona encuentra sus verdaderas fundaciones. Por lo general, nos resulta sencillo identificarlo en regiones y ciudades donde la cultura ancestral ha sido parte consustancial a las tradiciones que identifican el lugar, sin embargo el PCI no responde solo a prácticas de pueblos originarios, sino a una determinada afectividad e intelectualidad que identifica a la zona y sus habitantes. Es el modo de vida, la forma de ser de los individuos, la que representa el carácter de lo “patrimoniable”.

Hasta cierto punto, Viña del Mar es eclipsada por la fuerte impronta cultural que Valparaíso tiene sobre la V región. Ciudad Patrimonio de la Humanidad desde el año 2003 por la Unesco, puerto de poetas, joya del pacífico durante el siglo XIX, Valparaíso representa para la gran mayoría de los turistas – nacionales y extranjeros – el gran atractivo en términos de experiencia histórica y cultural que ofrece la región. De cierta manera, Viña del Mar es pensada desde el límite con Valparaíso: límite geográfico entre el puerto y sus playas, límite social entre su habitante y veraneante, límite cultural entre las leyendas porteñas y los días de fiesta y glamour. Nuestra ciudad ha sido, históricamente, el gran balneario; el espacio de placer y distención para las otras zonas de la región.

Viña del Mar posee una materialidad reconocida, la cual está conformada por notables edificaciones que la distinguen, como los palacios Presidencial, Carrasco, Rioja, Vergara y el tradicional Castillo Brunet. Pero, ¿y nuestra inmaterialidad?, ¿nuestra producción intelectual? Viña del Mar tiene expresiones culturales que dan cuenta de sólidas propuestas. A la vez, la vida de sus barrios y eventos tradicionales – como el Festival Internacional de Cine y el Festival Internacional de la Canción – dan cuenta de una característica particular: la convivencia y exposición cultural a la que es afecta nuestra ciudad; contenido esencial que es ponderado por la Unesco para la salvaguardia del patrimonio.

Mientras escribo esta columna pienso en todos los viñamarinos a los que podemos referir, partiendo por María Luisa Bombal, Juan Luis Martínez y Ennio Moltedo, que son solo algunos de los intelectuales que conforman la producción cultural que necesita ponerse en valor desde el horizonte de lo propio, para que su divulgación se instale en el imaginario cultural de las nuevas generaciones de vecinos.

 

 

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