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Entrevista

Federico Sánchez

“Viña es (por excelencia) Patrimonio Moderno”

Por Verónica Ramírez/Fotografías: Gonzalo Carrasco.

Federico Sánchez, Arquitecto.

Cuando le pedimos una definición de patrimonio a Federico Sánchez, el arquitecto, académico y conductor en reconocidos medios, se inquieta. “Definir patrimonio significaría que les hiciera una tesis doctoral o postdoctoral en media hora, y cómo es evidente, eso no es posible”, lanza entre broma y en serio, mientras piensa su respuesta. “Es difícil, muy difícil…”, agrega. No obstante, después de segundos, elabora una respuesta bastante bien pensada: “Mira, el patrimonio es un sistema simbólico que es portador de un ethos[1] que sostiene a la estructura social, ¿qué bonito no?”. Luego sigue: “La gente tiende a pensar que patrimonio alude a algo antiguo, viejo, pero no es así, sino que cada época tiene su propio patrimonio. De hecho, el patrimonio se construye día a día, es algo activo, vivo y, por lo tanto, lo antiguo no es más patrimonial que lo nuevo, ¿me cachai? Cada época genera un lenguaje que a su vez contribuye en el proceso de consolidación de ese ethos social”.

El valor de una ciudad

Después de quejarse de la imposibilidad de hablar de patrimonio en tan poco tiempo, no hay quien calle a Federico Sánchez. No se deja preguntar más y sus palabras fluyen sin cesar en formato de monólogo. Salta de una idea a otra. Así, llega a explicar cómo identificar el valor de una ciudad determinada. “Lo primero que hay que revisar es cuál es el origen de esa ciudad, qué la hizo nacer”, señala. “En ese sentido, Viña del Mar nace con un vecino muy poderoso: Valparaíso, pero no por eso aquella tiene menos valor. Viña da cuenta de un modo de ser y de estar ahí en el momento en que le correspondía. Viña es por excelencia patrimonio moderno, se sustenta en ideales modernos, mientras que Valparaíso es pre moderno y ahí quedó. Por lo que Valparaíso y Viña no compiten, están en dimensiones distintas, responden a fenómenos diferentes. Una nace como puerto, la otra como balneario; para una el mar es una cosa, y para la otra el mar es otra cosa. Es el mismo mar, pero para Valparaíso se trata de un mar productivo y para Viña del Mar, de un mar recreativo…”


Patrimonio moderno

Sánchez continúa: “Cuando digo que Viña es un patrimonio moderno, me refiero a que representa los ideales de la modernidad desarrollados en el siglo XX. No aludo solo a una cosa de orden arquitectónico, no, me refiero a un todo, a un estilo. La palabra estilo de la que hablo viene del griego, no del latín, pues me refiero al vocablo que alude a columna, a estar en pie o la estructura que sostiene. El estilo o sistema que sostiene a Viña del mar es esta modernidad de la que te hablo. Su planificación es moderna, su modo de ser es moderno, etc. Por lo que la respuesta a la pregunta de qué se debe mantener o resguardar debería considerar esta esencia.

¿Qué se debe conservar?

El asunto, explica Sánchez, va más allá de preguntarse si esta casa es bonita o si esta casa tiene tantos años, la respuesta sobre conservar o no un inmueble, un espacio, etc., debería sostenerse en la problemática de si esta contribuye o no con ese estilo o sistema que sostiene a la ciudad. Bajo esta lógica, es evidente que en Viña debería conservarse el acceso libre y abierto a sus playas, por ejemplo. “Pero tampoco se puede caer en lo que ocurre en algunas partes de Europa, donde las ciudades se han convertido en cadáveres. La ciudad, como te decía, es un ente vivo, y en ese sentido, se va desarrollando y ajustando sola. El problema está cuando los nuevos proyectos no piensan en la ciudad, sino solo en el negocio, porque eso rompe el equilibrio de esta especie de ente. Mientras el crecimiento de la ciudad se lo dejemos al ‘ocio’, en el sentido en que lo entendían los griegos, es decir, como las actividades humanas que colman el espíritu, y no al ‘negocio’, que es la negación de ello, las cosas andarán bien. El equilibrio falla cuando se rige por el beneficio netamente privado, dejando fuera el bien público y al resto de la comunidad. Mientras la ciudad no se idiotice (los griegos llamaban idiota a aquel que no se preocupaba de los asuntos públicos, sino solo de sus intereses privados), todo debería marchar bien…”. Cuando interrumpimos su monólogo para preguntarle qué hacemos para prevenir esa ‘idiotización’, Sánchez es tajante: “Bueno, justamente para eso están las instituciones, las leyes, etc., ¿no?, para generar y poner en práctica métodos que liberen a las ciudades de esa idiotez de la que te hablo”.

[1] Palabra griega que alude a costumbre, conducta y carácter.

 

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