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Anecdotario viñamarino

Hoy: Aldo Caimi, un evertoniano de corazón

Aldo Caimi, Ex Presidente de Everton.

“Aldo Caimi era el presidente del Everton, dueño del emporio El Castillo, en Balmaceda 302, y con el tiempo y con entera justicia, vecino ilustre del Cerro Castillo, precisamente. Organizaba la Quema de Judas cada Semana Santa, y más de una vez a los jugadores les llevó un saco de machas crudas y varios kilos de limones, para la energía y porque les tenía cariño.

(…)

La única vez que fui al Derby que se corre en el Sporting de Viña, el primer domingo de cada febrero, fue [en el año 1974,] cuando Aldo Caimi levantó una carpa para la venta de bebidas y empanadas. Con banderas del Everton por aquí y por allá, porque la recaudación era para un club que siempre andaba necesitado. (…) En su camioneta Opel azul, el propio Caimi acarreó los aperos para la carpa, trajo las bebidas y también las empanadas. Estuve varias horas atendiendo, no vi ninguna carrera, y al anochecer, en la camioneta de vuelta partimos con aperos y jabas, y el que quería se llevaba empanadas para la casa.

Caimi se dormía y se despertaba con el Everton.

En el Cerro Castillo tenía su casa, en calle República 17; también el emporio y además otra propiedad que funcionaba como residencial, pero que ahora era el lugar de concentración del equipo. Ahí llegaba Ramón Climent, el nuevo entrenador, y su grupo, para que el presidente del Everton los apoyara con café, pan, azúcar, tallarines, yogurt, arroz, un pedazo de carne, varios pollos y no faltaba el saco de marisco.

Aldo Caimi fue un hombre sencillo y comerciante trabajador, con una mezcla de santidad y locura. Cuando el club tenía embargada la sede y el plantel impago, llegó con una sonrisa de oreja a oreja y les quería comunicar una buena nueva, porque algo había conseguido. Plata para sueldos, pensaron los jugadores, lógicamente. Pero no era eso: estaba feliz porque consiguió rescatar los trofeos y copas del temido remate.

Caimi, naturalmente y al igual que muchos dirigentes y presidentes del Everton, tenía las prioridades cambiadas. No todas, por cierto, pero sí algunas, y por eso la cercanía con la demencia y la irresponsabilidad.

Como lo de contratar a Óscar Fabbiani, que venía desde Estados Unidos, donde militó en el Tampa, con destino a Palestino, en principio.

Esto es a comienzos de 1981 y el protagonista el presidente Antonio Bloise Cotroneo, industrial panadero, padre de Antonio Bloise Ramos, actual presidente. Viaja a Pudahuel en busca de Fabbiani, lo convence en el aeropuerto y en la semana se firmaría el contrato. El pase era caro y en dólares, y el banco le hace un préstamo al Everton, pero para eso se necesitaba un aval y solo un dirigente con los papeles limpios e impecables podía ser garantía: Aldo Caimi.

Y Caimi puso su casa como prenda del Everton, en el entendido de que el club pagaría y cumpliría. Nada fue de inmediato, por cierto, y en 1981 el equipo descendió por segunda vez y le crujieron hasta las bases.

Lo hizo sin decirle a nadie, ni a su esposa ni a los hijos, para callado. La familia se enteró de la situación cuando los funcionarios llegaron a embargar y rematar su casa en calle República 17, y no una vez, sino decenas de veces. Caimi envejeció con la angustia y la desilusión, porque siempre pensó que Everton respondería y nunca se iba a demorar tanto. El club respondió, pero después de una década.

(…)

La Junta de Vecinos del Cerro Castillo le retribuyó a Aldo Caimi con un monumento en una plazoleta que se levanta en la esquina de Álamos con Vista Hermosa, porque fue hijo ilustre y gran vecino. El busto con su rostro metálico solo por una cuestión de cariño se podría decir que se parece al Caimi real, pero el arte escultórico es así: inextricable, misterioso y simbólico. Fue el gesto de la comunidad y de su familia, por un hijo de italianos –como los Bloise o los Caprile– que tuvo a Everton en el corazón y esa es una prioridad con brotes de delirio y locura.

El busto lo inauguraron y al día siguiente se lo robaron, pero alguno de los ladrones se dio cuenta: tenía entre sus manos a don Aldo. A la semana lo devolvieron y hasta ahora sigue en el pedestal”.

Fuente: Martínez, Antonio. 2016. Soy del Everton (y de Viña del Mar). Santiago: Lolita Editores.

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